
En el Día Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas, la Amazonía nos convoca a mirar con mayor profundidad una realidad marcada por violencias silenciosas, persistentes y profundamente enraizadas en las desigualdades históricas de la región.
A partir de la actuación de la Red Un Grito por la Vida, es posible percibir que la trata de personas en la Amazonía no se manifiesta únicamente en las formas más visibles de explotación sexual. Asume expresiones múltiples y cotidianas: falsas promesas de trabajo, migración forzada, endeudamiento, explotación económica, violencia sexual y control psicológico de las víctimas. Muchas de estas situaciones se instalan de manera gradual, volviéndose parte de la vida cotidiana de las comunidades y dificultando su identificación y denuncia.
Esta violencia está directamente relacionada con las desigualdades estructurales, la ausencia del Estado en grandes extensiones del territorio amazónico, la precarización del trabajo y las dinámicas impuestas por grandes obras, rutas fluviales y terrestres, zonas de minería, puertos, carreteras y regiones de frontera. En estos contextos, la trata de personas suele confundirse con el trabajo esclavo contemporáneo y con la explotación sexual, afectando especialmente a jóvenes y adolescentes. Actualmente, la captación también ocurre de manera intensa en el entorno digital, ampliando los riesgos y los desafíos de protección.
Los grupos más afectados son mujeres, adolescentes y jóvenes, especialmente aquellos que viven en situación de pobreza, violencia doméstica, racismo estructural y falta de oportunidades. Las mujeres amazónicas —indígenas, ribereñas, migrantes y refugiadas— se encuentran entre las más vulnerables, así como niñas, niños y adolescentes sometidos a la explotación sexual y al trabajo infantil, muchas veces naturalizados como estrategias de supervivencia en contextos de extrema desigualdad.
Las personas en movilidad humana también figuran entre las principales víctimas. Al atravesar la Amazonía en busca de protección y trabajo, terminan capturadas por redes de explotación que se aprovechan de la desinformación, el hambre y el miedo. Esta violencia permanece, en gran medida, invisibilizada, ya sea por la distancia de los centros de poder, por el temor a denunciar o por la naturalización de la explotación de la vida en los territorios amazónicos.
Enfrentar la trata de personas exige una escucha atenta de las víctimas, el fortalecimiento de las comunidades, la articulación en red y un compromiso permanente con la defensa de los derechos humanos. Se trata de un llamado que va más allá de acciones puntuales y exige presencia continua, cuidado y valentía profética.
Un llamado a la fe que se transforma en acción
En este Día Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas, el mensaje dirigido a las comunidades, a las Iglesias y a la sociedad es claro y urgente: no hay paz verdadera sin la defensa de la dignidad humana. Como recuerda el lema de este año, “La paz comienza con la dignidad”, la trata de personas es una herida que destruye vidas y rompe las bases de la justicia y de la convivencia comunitaria.
La fe profesada por las comunidades no puede ser indiferente. Nos pone en movimiento, abre nuestros ojos para reconocer violencias invisibilizadas y nos llama a escuchar los gritos silenciados de mujeres, niñas, niños, migrantes y jóvenes explotados. Orar contra la trata de personas es también asumir la responsabilidad de romper el silencio y denunciar las estructuras de desigualdad, racismo, machismo y exclusión que sostienen esta violencia.
Pero la denuncia debe caminar junto con el cuidado: cuidar a las víctimas con escucha y respeto; cuidar a las comunidades para que se conviertan en espacios de protección; cuidar a las juventudes y a los territorios, reconociendo que la explotación de las personas y la devastación de la Casa Común caminan juntas. Donde la dignidad es defendida, la paz comienza a florecer. Donde la vida es cuidada, la esperanza deja de ser promesa y se transforma en acción concreta.