Muere la hermana Lupita del Putumayo, misionera que entregó más de 50 años de vida “en el corazón de la selva”

Durante más de medio siglo navegó ríos, caminó selvas y sembró esperanza en comunidades olvidadas. Hoy, la Amazonía despide a Lupita del Putumayo, misionera que hizo de su vida un servicio total a los pueblos amazónicos.

Por: Julio Caldeira IMC* – REPAM

Al llegar a la Amazonía hace quince años, recorriendo y visitando comunidades a lo largo del río Putumayo —en las fronteras entre Perú, Colombia y Ecuador—, hubo un testimonio que marcó profundamente mi camino misionero. La gente hablaba con admiración y cariño de una “pequeña-grande misionera”: la hermana María Guadalupe Filiberto, conocida por todos como Lupita del Putumayo. No tuve la gracia de conocerla personalmente. Sin embargo, las historias que escuché en las comunidades, junto con algunas lecturas sobre su vida, fueron suficientes para comprender la profundidad de su entrega. Su testimonio fortaleció en mí el ideal misionero de amar y servir a esta querida Amazonía.

El 19 de marzo de 2026, en la fiesta de San José —patrono del Vicariato Apostólico de San José del Amazonas—, Lupita partió a la casa del Padre. Tenía 91 años y había dedicado más de medio siglo a recorrer ríos y selvas, acompañando incansablemente a los pueblos de esta vasta región.

Una vida entregada a los pueblos amazónicos

Durante más de 50 años, la hermana Lupita caminó y navegó por las comunidades del Putumayo, convirtiéndose en una presencia cercana y familiar. Para muchos no era solo una misionera: era madre, abuela, líder y defensora de su pueblo. Conocía a las familias por su nombre, acompañaba sus luchas y compartía su vida cotidiana. El Vicariato Apostólico de San José del Amazonas la recordó como una mujer de “sencillez, cercanía y espíritu incansable”, siempre atenta a los demás, especialmente a los más necesitados. Su misión no se limitó a la evangelización: promovió la educación, la organización comunitaria y la defensa de los derechos de los pueblos originarios y de la Amazonía.

Su compromiso también fue reconocido a nivel nacional. En 2012 recibió la “Orden al Mérito de la Mujer”, otorgada por el Estado peruano, por su trabajo en favor de las comunidades indígenas, la conservación de los bosques y la promoción de la dignidad humana.

Desde El Estrecho, una misión que transformó la región

Nacida como Juana Filiberto Lavado, llegó el 27 de febrero de 1968 a El Estrecho, en el Putumayo peruano. Desde allí inició una misión “en el corazón de la selva”, como le gustaba decir, que marcaría profundamente la historia de la región. Impulsó la creación de espacios educativos, como centros de educación inicial e internados para niños y jóvenes. Trabajó en la alfabetización de comunidades indígenas y promovió iniciativas para mejorar las condiciones de vida de la población.

Uno de sus aportes más significativos fue el acompañamiento en el reconocimiento legal de decenas de comunidades indígenas, ayudando a garantizar sus derechos frente a situaciones de explotación y marginación. También promovió la organización comunitaria y la formación de líderes locales. En ausencia de sacerdotes, asumió responsabilidades pastorales de gran envergadura, siendo reconocida como una figura clave en la vida eclesial de la zona, llamada por muchos como de “párroca”, por su liderazgo.

Una mujer valiente, cercana y profundamente misionera

Quienes compartieron su vida destacan su carácter directo, su valentía para denunciar injusticias y su capacidad de actuar sin demora, fiel a expresiones que la caracterizaban como “ahora o nunca” y “pilas y moscas”. Pequeña en estatura, pero inmensa en espíritu, Lupita dejó una huella imborrable en el Putumayo. Su vida fue un testimonio concreto de una Iglesia en salida, encarnada en la realidad de los pueblos amazónicos.

La Congregación de las Misioneras Parroquiales del Niño Jesús de Praga la despidió este 20 de marzo de 2026 en Lima, Perú, con gratitud, destacando que “entregó su vida hasta el extremo del amor”, sembrando esperanza y fe en medio de la vida cotidiana.

Un legado que permanece

Hoy, las comunidades del Putumayo lloran su partida, como he constatado al mirar en las redes sociales a miles de comentarios y mensajes de condolencias, pero también celebran una vida plenamente entregada. Su memoria vive en cada comunidad que acompañó, en cada joven que formó y en cada lucha que ayudó a sostener. Como recordaba el Papa Francisco, muchos misioneros llegaron a la Amazonía “dejando sus países y aceptando una vida austera y desafiante cerca de los más desprotegidos”. Lupita del Putumayo fue, sin duda, uno de esos rostros concretos del Evangelio vivido en la selva. Su historia no termina con su muerte. Permanece viva en el corazón de la Amazonía, en el testimonio de un amor que supo hacerse presencia, cercanía y servicio. Hasta pronto, Lupita.


* P. Julio Caldeira es misionero de la Consolata, vicepresidente de la REPAM y misionero en la Amazonía colombiana.