El gran reto de las misiones: Acompañar al indígena en un mundo de cambios acelerados

 

El Centro Cultural José Pío Aza acogió un conversatorio post-sinodal centrado en las experiencias de misiones en la Amazonía en un contexto nuevo donde, en los últimos años, muchas comunidades indígenas vienen moldeándose al ritmo de los tiempos, no siempre en el sentido más favorable. Los misioneros Roberto Ábalos y Concepción López, el teólogo Pedro Hugues y las voces de varios estudiantes indígenas a través de sus propias vivencias configuraron un evento que contó con unos 60 participantes.

 

Por: Beatriz García (CAAAP)

 “Pienso en un misionero que no vaya solo. Que visite las comunidades acompañado de un profesor matsigenka, que los tenemos, muchos; una abogada matsigenka, que las tenemos; un antropólogo matsigenka, que también hay alguno; una enfermera matsigenka, que hay varias; un médico matsigenka, que todavía no lo tenemos pero seguro pronto lo habrá. Es decir, que ellos sean los que vayan a sus paisanos y les digan “no se puede estar todo el día en borrachera” o “no puedes embarazar a una niña de 12 o 13 años” o tantas cosas. No es lo mismo que eso lo diga el ‘padrecito’ o la ‘madrecita’, que suena a sermón, a que te lo diga un paisano que ha salido, ha estudiado, ha conocido lo malo y lo bueno de la ciudad, y viene y te apoya, te aconseja. Esa es la misión que puede generar cambios en positivo en las comunidades, siempre sin perder de vista que lo que hay afuera, en la ciudad, no es tan bueno como les hacen creer. Ellos deben ser los verdaderos protagonistas, siempre”. Es la visión del padre Roberto Ábalos, con 15 años de misión Koribeni (Alto Urubamba – Cusco), donde convive entre matsigenkas y quechuas. Es, prácticamente, el mismo tiempo que ha transcurrido desde que se abriera el grifo del gas del Proyecto Camisea, muy cerca de allí. Desde entonces, muchas cosas han cambiado en ese rincón de la selva.

El misionero dominico fue uno de los participantes en el conversatorio ‘Iglesia Amazónica. Hacia un nuevo concepto de Misión. Desafíos post-sinodales’ realizado el último 3 de diciembre, festividad de San Francisco Javier, patrón de las misiones. Fue en el patio central del Centro Cultural José Pío Aza, institución de la Orden de Predicadores para investigar y difundir a través de su Museo Etnográfico Amazónico el trabajo de más de cien años de los misioneros y misioneras dominicas. Unas 60 personas, entre ellos indígenas de la comunidad Cantagallo y de varias comunidades del Bajo Urubamba, participaron. La organización estuvo a cargo del Centro Cultural ‘José Pío Aza’, la Editorial San Pablo, el Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica (CAAAP) y la Comisión Episcopal para las Misiones y Pastoral Indígena (CENAMIS).

En la mesa de diálogo se contó también con la hermana Concepción López, de la Compañía Misionera del Sagrado Corazón de Jesús y con más de 15 años de trabajo con la comunidad shipiba de Caco Macaya (Alto Ucayali); el padre Peter Hugues, teólogo y asesor de la Red Eclesial Panamazónica, además de participante en el último Sínodo de la Amazonía; y Beatriz García, comunicadora del Centro Amazónico de Aplicación Práctica y misionera laica durante seis años en el Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado (Sepahua-Ucayali), quien enlazó con las voces de tres estudiantes indígenas que se forman en Lima con el apoyo de los dominicos: Robin Vera, asháninka de la comunidad Kochiri (Cusco), Henry Godoy, yine de la comunidad Miaría (Cusco) y Eustacio Puianiña, sharanahua de la comunidad Santa Rosa de Serjali (Ucayali) en el sector de la Reserva Territorial Kugapakori Nahua Nanti y otros.

 

 

Los estudiantes Henry Godoy (yine), Eustacio Puianiña (sharanahua) y Robin Vera (asháninka) compartieron sus experiencias con el público presente. Foto: Cristina Martínez

 

La primera en hablar fue la hermana Concepción López, quien relató la experiencia de su comunidad en Caco Macaya, Ucayali. Tras exponer su realidad, sin agua potable y demás carencias propias de la zona, enumeró las pautas que siguen. “Estamos 42 años de presencia. ¿Y cómo entendemos esa presencia desde las primeras hermanas, después del Vaticano II? Tenemos criterios muy concretos. El primero, aprender la lengua del grupo; también vivir con lo mínimo e indispensable, al estilo de ellos, pobres y sencillos; participar de sus actividades comunitarias; y, ante todo, no crear división en nombre de Dios, el respeto a ese pueblo. Por eso, todas las hermanas de la comunidad hablamos la lengua shipiba y algunas celebraciones las hacemos en shipibo”, comentó. Dentro de su relato, contó también cómo surgió la primera comunidad cristiana dentro de Caco Macaya, a través de un comunero que se interesó por conocer “al Dios de ustedes, que parece un Dios bueno”, y cómo este trajo a su esposa, de ahí otros vecinos y, cuando la casa de las hermanas quedaba pequeña, buscaron un local de reunión hasta que, después, lograron construir entre todos su propio local. “Había que ponerle un nombre y cada uno dio sus ideas. Al final se llamó ‘Jesús Onanti Xobo’, la Casa donde conocemos a Jesús”, contó. Fueron varios años de reunión en esa casa, conociendo a Jesús, hasta que ellos mismos pidieron su bautismo: “Queremos que él nos dé la fuerza para ser mejores y vivir bien”. Fue el año 2007 y la celebración fue una fiesta shipiba al cien por cien. “Estamos con ellos para lo bueno y para lo malo, porque la globalización y sus tentáculos les está cambiando la vida, pues hay una lucha por conseguir plata a pesar de lo que se tenga que dejar en el camino”, opinó la hermana.

Sobre el gran reto de la inculturación que tiene la iglesia misionera y que la comunidad de Caco Macaya conoce muy bien también habló, entre otros temas, el padre Roberto Ábalos. Disculpándose por no ser capaz de hablar de forma fluida el idioma matsigenka “porque tengo que visitar 22 comunidades y andar de aquí para allá”, indicó lo que para él y muchos misioneros significa en sentido pleno esa palabra: “Si quieres conocer una cultura tienes que hacer como Cristo. Irte a lo más remoto, rebajarte completamente, pasar como el más ignorante, porque lo eres en esa comunidad y en esa lengua y cultura, e ir aprendiendo a balbucear y a sentirte necesitado”, consideró. Se trata, dijo, de cambiar el paradigma: “Hay que cambiar del indígena que no sabe o que no puede, al indígena que sí que sabe, que sí que sabe y ojalá que quiera darle un rostro amazónico a su propia tierra y a su propia gente”.

Entre los presentes, indígenas, religiosos/as y diferentes perfiles profesionales interesados por la iglesia, la Amazonía y sus pueblos. Foto: Cristina Martínez

 

Precisamente esos rostros indígenas también tuvieron su participación y compartieron, a pesar de su cierta timidez, sus vivencias y expectativas de futuro. Robin, Eustacio y Henry son dos de los cerca de veinte chicos del Bajo Urubamba que, bajo el apoyo y acompañamiento de los misioneros, estudian y conviven en Lima para, algún día, regresar no sólo con el título de sus carreras respectivas (Enfermería, Laboratorio y Administración Bancaria), sino con valores fortalecidos y ganas de transmitirlos a su propia gente. “Llegué el año pasado con el apoyo de la Misión de Kirigueti y, cuando termine mi estudio, pienso regresar con todas las ganas”, dijo Robin, del pueblo asháninka. “Yo todavía tengo más propósitos, quiero estudiar más, pero siempre pensando en regresar”, aseguró Eustacio, del pueblo sharanahua. Henry Godoy, del pueblo yine, incluso valora la opción de hacer voluntariados: “Antes no tenía la visión de apoyar, cuando he visto en la Misión todo lo que hacen, dan consejos, nos apoyan y eso aprendí en el internado”. A modo de conclusión sobre estas experiencias, Beatriz García consideró que “ellos son tres ejemplos de la importancia de acompañar a los indígenas dentro y fuera, pues muchos como ellos están en las ciudades y hay que fortalecer los valores y el orgullo, que no pierdan de vista quiénes son y de dónde vienen”.

El enfoque teológico lo proporcionó el padre Peter Hugues quien relató su experiencia como participante en el Sínodo Amazónico y enfatizó en la importancia vital que tuvieron las voces indígenas dentro y fuera del aula sinodal. “Eran lo más importante, tanto las mujeres como los representantes de los pueblos comunitarios, son los que más cercanos a decir la verdad porque no tienen en la cabeza las preocupaciones de los obispos y pueden decir las cosas tal cual son, sin matices”, opinó. Además, también destacó el gran apoyo brindado por los misioneros e indígenas que, a pesar de no tomar parte en el Sínodo de forma oficial, estuvieron tres semanas en Roma apoyando y difundiendo en eventos paralelos sobre las situaciones de la Panamazonía. “Animaban a los obispos, decían aquí estamos presentes, no se olviden de nosotros. Estamos en la puerta y continuamos expresando nuestra voz”, rememoró. Además, destacó la felicidad que se veía en el rostro del Papa Francisco el primer día del Sínodo, cuando se caminó en procesión desde la Basílica de San Pedro hasta el aula envueltos en cánticos amazónicos y arropando al Papa.