“Para acompañar a un pueblo no basta conocer la lengua, hay que conocer el alma de la cultura”

 

Por Jonathan Hurtado (CAAAP)

Marianella Huapaya Venegas es misionera de Jesús, y de profesión: maestra. Por muchos años, ha enseñado educación intercultural bilingüe. Lleva más de tres décadas trabajando con pueblos indígenas de la Amazonía. Actualmente, es coordinadora de la Oficina Diocesana de Educación Católica (ODEC), del Vicariato Apostólico de Yurimaguas, y trabaja en el centro poblado San Gabriel de Varadero, distrito de Balsapuerto, provincia de Alto Amazonas, región Loreto.

Marianella Huapaya tiene un vínculo fuerte con el pueblo Shawi. Según cuenta, en Balsapuerto el 80 por ciento de la población es de esa etnia. Junto a un grupo de jóvenes, impulsó y participó de la traducción de una parte de la Biblia al shawi. Reconoce que es importante para un misionero conocer y dominar la lengua del pueblo donde sirve, pero a la vez, enfatiza, es necesario también “conocer el alma de la cultura”.

En el marco de la segunda asamblea territorial que se realizó en el Perú con miras al Sínodo de la Amazonía, que se desarrollará el próximo año en Roma, conversamos con ella, con Marianella, sobre su experiencia de servicio, sobre los nuevos retos que viene asumiendo y sobre la atención especial que requiere hoy la Amazonía de parte de la Iglesia.

-¿Puede contarnos en qué consiste el trabajo que realiza actualmente?

Tengo la coordinación de la Oficina Diocesana de Educación Católica, desde ahí me desplazo a las comunidades y puedo acompañar distintas iniciativas y proyectos; por ejemplo, los colegios de convenio, las residencias estudiantiles, la capacitación a los docentes en religión, en la enseñanza propia de la educación bilingüe, en el tema de los valores, en la defensa de los derechos de los niños, de las adolescentes, de las mujeres.

-Comentó antes que también tiene a su cargo una radio local. 

Sí, también soy directora de la emisora de la parroquia, Radio Betania, y trabajo en coordinación con los animadores cristianos shawi para emitir la palabra de Dios y otros mensajes. Por ejemplo, tenemos el programa de formación a las mujeres en conocimiento de sus derechos, que lo hacemos en castellano y en la lengua shawi. Nuestros programas se emiten de 4 y 30 de la mañana a 6 de la mañana. El programa diario se llama La palabra de Dios, una luz para nuestras vidas. Hablamos de la palabra de Dios, hablamos de nuestros derechos, hablamos de la defensa de nuestro territorio, del cuidado del medio ambiente y luego tenemos, una vez por semana, el programa de la mujer llamado La hora de la mujer, que es todos los viernes de 4 a 6 de la tarde en castellano y shawi. El día sábado tenemos un programa formativo en educación, conocimiento de la Biblia. Y el domingo, cuentos shawis, conocimiento de la cosmovisión shawi y la celebración de la palabra. Llegamos a 81 comunidades.

-Usted contó que lleva viviendo largo tiempo con el pueblo Shawi, ¿cómo es este pueblo?, ¿es posible hacer una descripción de ellos? 

Desde mi experiencia, al haber vivido adoptada por familias shawis para conocer su cultura y lengua, puedo destacar la unidad de la familia. Cuando se unen realmente son uno. Luego el modo cómo transmiten a sus hijos valores, sus tradiciones. Cuando quieren corregir o enseñar hacen levantar a los chicos a las 3 o 4 de la mañana y los sientan en la piedra, alrededor del fuego, y le aconsejan, le corrigen y luego les mandan a bañarse como un rito de purificación. La pareja, cuando tiene que organizar el día o ponerse de acuerdo sobre la educación de los hijos, es lindo: se levantan a las 4 de la mañana, al lado del fuego, tomando la ‘kuñuska’ (masato servido caliente por las mañanas), hablan, hablan mucho.

-Como parte de esta asamblea, la primera parte está abocado al “ver”; es decir, a señalar todo aquello negativo que viene afectando a la Amazonía, ¿qué amenazas identifica usted como las más graves? 

El tema de los madereros, la deforestación que es grande porque entran por un lado y por otro y talan la madera. Luego, la violencia hacia la mujer, no entre ellos (los indígenas), sino del mundo mestizo que entra a las comunidades, y también la trata de personas. El otro tema es el educativo. Los profesores mestizos se convierten en un peligro para los pueblos, hay violaciones, hay aprovechamiento de las estudiantes, hay mucho silencio ante este dolor, la gente tiene mucho miedo a hablar porque no hay justicia, porque a nivel de Yurimaguas hay una mala práctica de la justicia. Tenemos muchísimos casos en la fiscalía, constatados de que hubo violaciones y no se hace nada. Entonces, la gente prefiere no denunciar, prefiere ante el ultraje, que sufren sus hijas en el camino a veces o volviendo de la escuela a la casa, prefieren callar y retirarlas de la escuela, y mantenerlas aisladas y en silencio. Este es uno de los temas más tristes en mi zona.

-Respecto al papel de la Iglesia en la Amazonía en general, en esta asamblea se han hecho varias observaciones y críticas, ¿para usted a qué temas la Iglesia debe dar prioridad? 

La Iglesia debe llegar a los pueblos más alejados. Somos muy pocos misioneros en cada zona, y porque somos pocos podemos estar en uno, dos o tres lugares. Hemos tratado de ubicarnos en sitios estratégicos. Estamos liderando la educación, las residencias estudiantiles, la pastoral, pero hay muchísimas comunidades que están solas. Ahora, este año, Monseñor (Jesús María Aristín) nos ha ayudado mucho con lo de la radio, y tenemos la esperanza de que la radio sea un modo de que la Iglesia llegue a las comunidades, a donde no podemos llegar. Por lo menos para que escuchen la palabra de Dios en su lengua y sea un pequeño acercamiento de la Iglesia; pero las distancias de la selva son muy grandes y no podemos llegar. Sentimos que es necesario más agentes de pastoral, más formación de la Iglesia autóctona para que estén atendidos. En mi zona hay animadores cristianos indígenas, ellos han sido los que han colaborado con la traducción de la Biblia, son los que celebran cada domingo en la lengua shawi, tienen el ministerio, hacen también el trabajo misionero de ir a otros pueblos a anunciar, pero a pesar de eso faltan porque es muy grande la zona.

-¿Es muy importante que conozcan la lengua de la zona?

Yo siento que faltamos más misioneros que conozcamos la lengua, la lengua es importantísima, es una lengua viva, la gente habla shawi. La gente canta, reza y comprende la lengua shawi, y hablan castellano de manera incipiente. El seminario es nuestra esperanza porque hay chicos shawis. Yo estuve tres años (viviendo con los shawi) para aprender la lengua y deje de hacer lo que sabía hacer, que era enseñar. Me fui a un pueblo lejos, lejos del río, lejos de la familia, lejos de todo para que la necesidad de comunicarme me permita aprender. Pensé ir solo por la lengua, pero (los shawi) me han aportado tanto en el conocimiento de su cultura que he comprendido que para acompañar a un pueblo no basta conocer la lengua, no basta una parte del problema, hay que conocer el alma de la cultura, hay que conocer la cosmovisión, las expectativas.

-¿Cómo fue el proceso de traducir parte de la Biblia al shawi?

Todo comenzó porque mi alumno de primaria, al que acompañamos en primaria y luego hizo la secundaria fuera, volvió y me dijo: ‘te voy a acompañar un año en tu trabajo, voy estar aquí en mi pueblo, cuenta aquí conmigo’. Y bueno, con él fuimos a celebrar (misa) los domingos y el tradujo cinco párrafos de la Biblia y cuando él leyó se dio cuenta de que la actitud de las mujeres y de los niños era diferente, estaban totalmente conectados con la celebración, y él se entusiasmó mucho y me dijo: ‘hagámoslo’. Entonces, poquito a poquito, nos reuníamos dos veces por semana y empezamos a traducir. Luego encontré un grupo de amigos de Italia que me ofrecieron su ayuda. Entonces junté a los animadores cristianos, que eran chicos a los que yo había formado desde primaria, en un espacio cerrado entre ellos, orando primero un tiempo para conectarse con la palabra de Dios, acompañados por mí que les explicaba la parte bíblica, teológica y ellos la lengua.

Y así comenzamos, fue un proceso lento. Traducíamos cuatro lecturas y teníamos que irnos a los pueblos más lejanos a validar para saber si el pueblo eso lo entiende. Nos tomaba una semana, íbamos con las mujeres, con los niños, en distintos ambientes para saber que una lengua que nunca había sido escrita, le podía decir algo a la gente al escucharla. Fuimos constatando que sí, que las mujeres, que los mismos varones de los pueblos se iban enamorando de la palabra de Dios. Conforme fuimos validando, hemos ido sintiendo la importancia que tiene hacer ese trabajo y que valía la pena encerrarnos muchos días, no solo para traducir sino para corregir escritura. Cuando tuvimos el ciclo terminado y pudimos dar lo traducido a los animadores y todo, en verdad sentí que nuestras comunidades cambiaron, se volvieron más cálidas, perseverantes, que mucho más gente iba a celebración el domingo; junto con eso tradujimos los cantos y poco a poco con un grupo de animadores hemos comenzado a hacer la liturgia en la lengua de ellos.

-Finalmente, una idea que ha surgido mucho en esta asamblea es cómo incluir la cosmovisión de los pueblos indígenas a las prácticas de la Iglesia, ¿han tenido alguna experiencia al respecto? 

Nosotros estamos tratando de abrir espacios, de quitar un poco los esquemas litúrgicos rígidos, de dar mayor participación. Pero aún estamos a la escucha. Queremos (dar espacio), pero tenemos que escuchar qué dicen ellos (el pueblo Shawi), cómo lo piensan, cómo lo ven.

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Foto de cabecera: Marianella Huapaya en una pausa durante la segunda asamblea territorial presinodal, que tuvo lugar en Yurimaguas el mes de setiembre.