UN SÍNODO PARA LOS PUEBLOS INDÍGENAS: CULTURA, PASTORAL Y EUCARISTÍA EN LA AMAZONÍA (PARTE I)

por Pablo Mora SJ

Introducción
El trabajo pastoral de la Iglesia con los pueblos indígenas en la Amazonía se hace desde un contexto que muestra muchos desafíos: un territorio gigantesco con un acceso muy limitado por carreteras, cientos de pueblos originarios y ribereños que muestran culturas y lenguas muy diversas. Contra aquellos que piensan que estos pueblos han quedado atrapados en las redes del pasado, el fenómeno de la modernización ya ha tocado las puertas de muchas comunidades alejadas de la región. A los medios de comunicación más tradicional y la radio, se ha unido la televisión y en la última década la introducción del celular. La competencia de las compañías telefónicas por estos nuevos clientes, los pueblos ribereños y aborígenes, han acortado a ritmo veloz las distancia entre éstos y las ciudades. Ahora todo lo tienen, literalmente, “al alcance de la mano”.
Desafortunadamente la transmisión de la buena nueva por la Iglesia católica no ha alcanzado la misma velocidad para alcanzar los pueblos originarios; al contrario, se ha estancado desde hace muchos años y ya no tenemos la capacidad de convocarlos como comunidad cristiana. Todo esto es muy lamentable en una región donde la esperanza está golpeada y masacrada por tantos males como son la violencia familiar, el tráfico de drogas, el trabajo esclavo, la trata de personas y la inseguridad constante de que los más vulnerables perderán sus tierras.
En este contexto el Sínodo Panamazónico aparece como un soplo del Espíritu, un kairós, que quiere renovar y recrear la Iglesia de la región amazónica. Con su aliento quiere infundir vida y revestir con tendones, carne y piel a lo que parecen ser huesos secos (cf. Ez 37, 5-10). Los nuevos caminos de evangelización que se esperan del Sínodo tienen una importancia tan grande para los pueblos originales amazónicos que podría también ser llamado el “Sínodo de los Pueblos Indígenas”
Todo esto es una invitación a revisar temas como cultura, interculturalidad e inculturación y las limitaciones de una “Pastoral de Visita” en la región amazónica (Parte I). Esto nos llevará a abordar un tema central para la reflexión del Sínodo: la necesidad de una “Pastoral de Presencia” y el rol esencial de la Eucarísta en la Iglesia de la Amazonía (Parte II).

El encuentro entre culturas.
El trabajo pastoral de la Iglesia en esta región se hace en un contexto multicultural donde el mensaje de Jesucristo y los valores evangélicos deben encarnarse en la cultura amazónica. Pero, por qué debemos seguir pensando en dos o más culturas distintas o en interculturalidad e inculturación, cuando en realidad muchos pueblos indígenas parecieran que ya sean mimetizado con la cultura moderna? Llegamos a un pueblo lejano o a una comunidad indígena y nos damos cuenta que los jóvenes se ponen “jeans” o visten como aquellos de la ciudad; conocen bien a Ronaldo, Messi, Neymar, preguntan “a cuánto está el cambio del dólar” y miran los video clips musicales más populares y las noticias por el celular; los trajes típicos solo los usan para los turistas, para ceremonias importantes o para ocasiones serias como las demandas por la defensa de sus propios derechos.
Sin embargo, precisamente todo esto de por sí ya nos habla de la existencia de una relación entre dos culturas en las que una de ellas, la “occidental”, está ofreciendo algunos productos y la otra cultura, la nativa, las ha ido aceptando. Aún así hay algunas preguntas que merecen consideración como por ejemplo: ¿las culturas de los pueblos originales aceptan todo lo que le ofrece la cultura occidental o sólo seleccionan aquello que realmente desean? o también, si miramos solamente la parte epidérmica de una cultura, ¿significa que todo en ella está uniformizada? ¿No nos llama la atención o simplemente consideramos absurdas algunas cosas simplemente porque no las entendemos? ¿No sospechamos a veces, cuando responden a nuestra curiosidad, que nos dicen solo lo que realmente queremos oír? Aún más, ¿acaso no hemos idealizado a los pueblos indígenas, convirtiéndolos en “santos” vivientes perfectos, sin defectos ni vicios, marginándolos del resto de nosotros, “pobres pecadores”? Estas y otras preguntas no se pueden responder en un viaje turístico, o de inmersión, se necesita más tiempo con ellos, tal vez años para poder hacerlo.

Interculturalidad e inculturación desde el punto de vista del “misionero” .
La relación intercultural atañe mucho a la Iglesia evangelizadora. Sin embargo, parece que la reflexión sobre el trabajo de inculturación de la Iglesia durante muchos años se ha centrado mucho en la persona del misionero y esto vale también para la región amazónica. La relación intercultural entre el misionero y la cultura con la cual interactúa nunca se da en forma neutral. En la misión evangelizadora, el misionero lleva consigo su propia cultura, cosmovisión y valores culturales probablemente diferentes de aquellos a quienes evangeliza. En este sentido, y a modo de ilustración, las actitudes del misionero hacia la cultura se mueven entre dos polos.
En uno de ellos se encuentran los misioneros que aún sin desearlo, muestran una tendencia “etnocentrista”. En este caso, su propia cultura y los valores que traen consigo, encauzarán el ímpetu evangelizador. Así, prevalece una actitud pragmática e inmediatista de buscar el “desarrollo” del pueblo nativo, construyendo capillas, escuelas, ejecutando proyectos comunitarios, etc. Pero en esta relación intercultural se puede caer en una actitud paternalista con la otra cultura en la que el “padre” o la “madre” toma las decisiones por los hijos. Por consiguiente, el acompañamiento pastoral de la comunidad se hace desde parámetros del que viene de fuera y que está convencido de que “nosotros les enseñamos”, “nosotros les protegemos”, “nosotros les proveemos”, “nosotros los educamos”, etc.
Esta tendencia se encuentra especialmente en aquellos misioneros o párrocos que vienen de otras regiones y que pronto se sienten abrumados por el número de comunidades que hay que atender pastoralmente a lo largo de los ríos. El celo pastoral los lleva rápidamente al activismo, aunque es inevitable que el contacto con cada comunidad sea mínimo y por lo tanto con un horario focalizado en la misa y en algún proyecto de desarrollo urgente.
En el otro polo, se encuentran aquellos misioneros que antes de volcarse a proyectos concretos y tomar decisiones apresuradas, prefieren conocer más a la gente nativa en la que se desarrollará su trabajo evangelizador. A éstos les interesa más un contacto más prolongado con ellos, valoran el dialogo, observar sus hábitos y costumbres, participar de sus reuniones, trabajos y actividades. Establecen relaciones de amistad donde el diálogo y la mutua escucha va poniendo cimientos para el futuro. Y así, comienzan experimentar un pueblo con rasgos culturales y cosmovisión diferentes. En suma, éstos son los misioneros que quieren tomar cierta distancia de sus propios parámetros culturales antes de “actuar”.
Esta actitud misionera de querer “estar con ellos” o “perder el tiempo con ellos” señala una ruta diversa porque lo importante al inicio de la misión no es tanto el “hacer” sino el “dejarse hacer”, dejarse también moldear por la cultura del otro. Es un buen inicio, más todavía si lo ha llevado a vivir donde ellos viven y a hacer el esfuerzo de hablar el idioma que ellos hablan. Así lo que era simplemente una relación intercultural se va convirtiendo en un “inculturarse”, en un deseo de conocer la cultura “por dentro,” en un meterse más a fondo en la cultura del otro y en algunos casos hasta de desear imitar al otro. Estos misioneros gozan de la confianza de la gente y comienzan así una labor preciosa en diversos niveles, culturalmente comienzan una labor de recolección y de traducción de mitos, cuentos, leyendas, costumbres, cantos, danzas, etc, del pueblo que los ha acogido y que ayudarán en el futuro en el trabajo de evangelización. En el plano social, estos misioneros se identifican mejor con los sufrimientos y dolores de la gente con la que vive y por lo mismo, participan en las luchas por sus derechos humanos.
Al mismo tiempo esta actitud misionera nos hace entender la necesidad de una presencia razonablemente larga de varios años del misionero en la región amazónica. Solo así podrá establecer relaciones sólidas, duraderas, estables con los pueblos con los que trabaja; esto le permitirá, poco a poco entrar en la “selva” de los símbolos culturales locales y saber con el tiempo a descifrarlos. Es un ejercicio que será de gran ayuda en la obra de evangelización.

Inculturación del evangelio por la comunidad
En realidad, la inculturación del misionero en otra cultura tiene sus límites. Ellos nunca llegarán a convertirse en “el otro,” y ya es suficiente que ellos puedan ser considerados como parte de la familia nativa. Además, el misionero o la misionera debería preguntarse si la misión que lleva a cabo y los esfuerzos que hace está ayudando a la comunidad en su propia inculturación del evangelio. Mons. David Martínez de Aguirre expresa muy bien esta preocupación: “Algo no funciona bien cuando…los pueblos indígenas nos dejan hacer, se muestran receptivos y agradecidos, pero ellos no se involucran; (cuando) nos ven a la Iglesia como una entidad amigable, bondadosa, pero ajena a su estructura social; (cuando) no se sienten parte de ella; no logramos que sean líderes de las instituciones y proyectos de la Iglesia; (cuando) no asumen el control de la Comunidad Cristiana, y no son ellos los que se comprometen”
Al final de cuentas, lo importante es reconocer que el protagonista principal de la inculturación no es el misionero o la misionera sino la comunidad donde él o ella trabaja. La comunidad indígena es el actor principal de la inculturación. La comunidad indígena oye el mensaje y la va traduciendo en sus propios códigos culturales y la va asimilando de acuerdo a su propia cosmovisión. Así, va haciendo su propia síntesis, es decir va contextualizando el evangelio en su propia vida, es decir, “inculturando” el mensaje de Jesús.
Este proceso de inculturación no debemos idealizarlo. Se enmarca en la lógica del misterio de la encarnación, muerte y resurrección: “Se inicia con un esfuerzo de expresar la fe en las caegorías y modos propios de esa cultura, en un intento de encarnación. En el segundo paso el Evangelio realiza un discernimiento de esa cultura para que logre despojarse de lo que se contrapone con él. De la muerte de elementos no compatibles y por lo tanto no asimilables, resucita una nueva cultura original cristiana.”
Al mismo tiempo, a menos que el misionero haga el esfuerzo de inculturarse en la cultura local, no podrán acompañar a la comunidad en este proceso que ella ya ha comenzado desde el anuncio anterior del evangelio por otros misioneros. Esto es, acompañar a la comunidad en el proceso de hacer suyo a ese Jesús que le ha sido ya anunciado, el proceso de la comunidad de inculturar el evangelio desde su propia experiencia y contexto culturales.

Inculturación y limitaciones de la “Pastoral de Visita”
Si somos honestos, debemos admitir que la relación intercultural en la Amazonía no ha estado nunca enraizado en una dinámica de inculturación consistente de parte de los misioneros. Así, en este último siglo sólo unos pocos misioneros han podido comunicarse en la lengua nativa o vivir en estas comunidades o al menos muy cerca de ellas, o se han identificado tanto con los pueblos indígenas hasta el punto de derramar su propia sangre por amor a ellos.
La situación más común es la del misionero que se desplaza del centro parroquial o puesto de misión en que se encuentra, hacia los pueblos ribereños e indígenas. Se trata pues de una “Pastoral de Visita”, a lo largo del río, permaneciendo en cada comunidad sólo por pocos días. Él celebra la misa y otros sacramentos en la comunidad, tal vez organiza alguna pequeña jornada de formación o asiste a la asamblea de la comunidad para escuchar sus demandas o para buscar formas de resolver algunos de sus problemas. En tan corto período no hay tiempo para más. Esperan otras comunidades para el mismo ritual de trabajo.
En la “pastoral de visita” a estos pueblos, se establece una “relación intercultural” que toca solo superficialmente los temas culturales, acorde con la falta de un acompañamiento pastoral más consistente en el crecimiento de fe de la comunidad. Y esto sucede por varias razones, una de ellas es el costo excesivo de los viajes por el río. Visitar las diferentes comunidades del río junto con otras comunidades indígenas cercanas, triplica el gasto en comparación con las visitas pastorales por carretera. En consecuencia, las visitas a estas comunidades indígenas alejadas se hacen sólo una o dos veces al año, en el mejor de los casos.
Junto al factor económico, hay otras limitaciones que afectan más seriamente la pastoral de visita, especialmente la disminución de religiosos, sacerdotes o laicos misioneros, es decir, la falta de vocaciones. Además, para muchos de ellos, esta pastoral itinerante de visitas se ve con demasiados inconvenientes y muy pocos resultados. Al final, a pesar de las buenas intenciones, sólo existe una palabra para describir el cuidado pastoral experimentado por las comunidades indígenas o ribereñas más remotas: abandono.

La presencia de otros grupos religiosos en las comunidades indígenas.
Hay muchos otros grupos religiosos que han cubierto o quieren cubrir el vacío que la iglesia católica ha dejado en las comunidades indígenas de la región amazónica. Ellos son principalmente de tres tipos diferentes: evangélicos, pentecostales y mesiánicos. El fraccionamiento religioso de las comunidades de la Amazonía es evidente. No es raro ver en una comunidad pequeña, junto a la pequeña capilla católica, muchos “lugares de culto” de diferentes denominaciones religiosas.
Debemos reconocer que algunos grupos evangélicos han hecho un trabajo meritorio en la traducción de la Biblia a las lenguas indígenas y formando a pastores escogidos de entre la población nativa para predicar la Palabra de Dios en estos pueblos de la Amazonía. Otros grupos, como los Pentecostales, han tenido una expansión grande en la Amazonía brasileira, insistiendo en la sanación espiritual, la expulsión de demonios y una visión más individual y de bienestar económico. Hay también grupos religiosos, como los “Israelitas del Nuevo Pacto universal” en Perú, que en su visión religiosa combinan el Antiguo Testamento y las creencias culturales de la región andina de la cual han migrado a la Amazonía, considerándola “la tierra prometida”.
Aunque la Iglesia siempre ha mostrado una inclinación al diálogo con los pastores de estos diferentes grupos, su habitual actitud defensiva y proselitista en las conversaciones a menudo impide un verdadero acercamiento.

Vaciamento poblacional de las comunidades: desplazamiento a las ciudades
La “competencia” entre grupos religiosos por conseguir y hasta para mantener la cuota de adeptos es bastante reñida y lo es más frente a otro adversario: el vaciamiento de las comunidades por la migración de las familias especialmente de sus miembros jóvenes y adolescentes. El objetivo es estudiar, trabajar y establecerse en la ciudad. Las familias que tienen más posibilidades logran más rápido lo que desean, de lo contrario, está la estrategia de comenzar a trasladarse a pueblos intermedios que los acerquen más a la ciudad para lograr sus sueños, aunque después y en muchos casos, éstos se conviertan en una pesadilla.
Frecuentemente la Iglesia, fiel a su labor social, hace de intermediaria o puente entre los miembros de la comunidad y de la ciudad. Por lo mismo, existen internados de niños y jóvenes dirigidos por sacerdotes diocesanos o congregaciones religiosas. Al mismo tiempo, las parroquias, especialmente de las periferias, se van dando cuenta que la pastoral indígena ya es una preocupación pastoral que también atañe a las ciudades por el gran número de migrantes procedentes de comunidades lejanas.

¿Qué resta del catolicismo en las comunidades indígenas y pueblos ribereños?
¿Podemos hablar de una presencia real de la Iglesia católica en las comunidades indígenas o comunidades ribereñas?. Un obispo de la Amazonía brasileña comentaba: “Ya hemos perdido en la pastoral la mitad de los pueblos indígenas, debemos preguntarnos seriamente si queremos perder la otra mitad.”
Los catequistas, si los hay, viven y asumen en su trabajo la religiosidad popular de los pueblos indígenas y comunidades remotas, para que la mecha humeante del catolicismo no se apague. Esto ha contribuido en gran medida a sostener la fe católica en medio de un proselitismo agresivo por parte de otros grupos religiosos o sectarios.
Un factor significativo en la religiosidad popular son las fiestas patronales. Todos los puestos misioneros, lo sabemos, eran confiados a la protección de un santo patrón y muchas comunidades aún conservan sus nombres. El “santo patrón” de las comunidades es considerado como uno de sus intercesores vivos. La celebración de la fiesta del “santo patrón”, en muchos casos, sigue alimentando y ayudando a sostener la fe de los bautizados en la comunidad.
Junto a esta fiesta religiosa, hay otras expresiones de la devoción popular ya bien conocidas: el rezo del rosario, las novenas, las imágenes sagradas, los escapularios, las procesiones de semana santa, las peregrinaciones, etc. Esta devoción popular es todavía un salvavidas protector de la fe ante la ausencia del misionero en la comunidad y el sentimiento de abandono pastoral en el que se encuentran.
Esta devoción popular católica, sensible, emocional y no abstracta o racional, se enraíza en la cultura de tal manera que no es fácil arrancarla por otros grupos religiosos. Esto muestra también que la piedad popular que impregna las realidades culturales y al mismo tiempo se enriquece con ellas, es un modelo de inculturación de la fe.

Conclusión
La situación de crisis de la pastoral de la Iglesia en la Amazonía, donde “las distancias geográficas manifiestan también distancias culturales y pastorales,” nos ofrece la oportunidad de buscar nuevos caminos de evangelización. Es importante no sólo “estar” con los pueblos indígenas, sino también “cómo” estar con ellos, es decir, cómo acompañarlos y ser acompañados por ellos en el proceso de inculturación del Evangelio.
Pero hemos visto que, debido a la escasa presencia de misioneros y otras dificultades en esta vasta región, esta obra de evangelización se ha dejado en gran parte en manos de los fieles catequistas que todavía quedan y que acompañan a la comunidad cristiana. Pero no es suficiente y la carga ya es muy pesada.
¿Qué hacer? En la segunda parte de este artículo, miramos en otra dirección, pero esta vez hacia una en la que siempre hemos estado sin todavía haberla vista: precisamente en las comunidades cristianas de estos lugares remotos. Es hora de volver la mirada hacia un “Ministerio de la Presencia” en el que la Eucaristía juega un papel central.

Acerca del autor:
Pablo Mora SJ, Doctor en Teología Pastoral, nació en la Amazonía peruana. Trabajó pastoralmente durante doce años con comunidades indígenas andinas en la Arquidiócesis de Cusco. Durante ese tiempo, desarrolló y dirigió un programa de formación de adultos y medios de comunicación en lengua quechua para catequistas indígenas. Después fue misionero en China durante seis años y luego trabajó para el Servicio Jesuita a la Panamazonia (SJPAM) y la Red Ecleisal Panamazónica (REPAM). Actualmente colabora en la preparación del Sínodo Panamazónico como un oficial del Sínodo de los Obispos en Roma y es autor del reciente artículo: “Sínodo Pan-Amazónico: ¿Hacia una Conferencia Episcopal Amazónica?”.

05/10/2019
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