
Hablar del río Napo es hablar de vida, de territorio y de pueblos que, desde hace generaciones, han tejido su existencia en profunda relación con sus aguas. Este gran río, que conecta Perú con Ecuador, articula territorios como el río Curaray, Arabela y Mazán, configurando un entramado de culturas, historias y resistencias. En esta región habitan pueblos originarios como los Kichwa, Secoya, Arabela, Maijuna y descendientes del pueblo Murui, cada uno con su propia memoria, identidad y vínculo espiritual con el territorio.
Por: Pati Blasco – Núcleo Mujeres y Amazonía REPAM
Las comunidades del Napo vienen denunciando desde hace años una realidad preocupante: el río ya no es el mismo. Los derrames de petróleo en la parte ecuatoriana, la minería ilegal de oro —que ha regresado con fuerza tras debilitarse los comités de vigilancia— y la tala indiscriminada están deteriorando gravemente el ecosistema. El agua, los peces y los bosques están siendo afectados, poniendo en riesgo la salud, la alimentación y la vida de las comunidades.
En este contexto, el territorio se vuelve cada vez más vulnerable. La falta de seguridad jurídica, la presión de economías ilegales y la débil presencia del Estado generan conflictos y fragmentación social. Aunque existen marcos legales importantes —como la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el río Mazán, que exige evaluar los impactos ambientales antes de cualquier concesión—, en la práctica estas medidas no se cumplen plenamente, y las actividades extractivas continúan afectando los ríos y la vida amazónica.
Frente a esta realidad, las mujeres desempeñan un papel fundamental. Desde su identidad cultural, son dueñas ancestrales del agua y del territorio. Son ellas quienes sostienen la vida cotidiana: cuidan el acceso al agua, preparan los alimentos, transmiten saberes ancestrales y mantienen viva la medicina tradicional. Sin embargo, también son las más afectadas por la contaminación y la crisis territorial, ya que el deterioro del río impacta directamente en sus responsabilidades de cuidado y en la salud de sus familias.
Defender el río Napo es, por tanto, defender el territorio y reconocer el papel central de las mujeres en esta lucha. Ellas no solo resisten, sino que sostienen la esperanza de una Amazonía viva, donde el río siga siendo fuente de vida y no de amenaza. Es urgente fortalecer aún más a las mujeres, reconocer su liderazgo y potenciar su voz, para que sean defensoras plenas del territorio, con toda la fuerza, dignidad y sabiduría que habita en ellas, cuidando la vida y la Casa Común para las generaciones presentes y futuras.